La ronda y la calle

Cuando Francisca baila en la calle nunca está sola. Algo de lo colectivo se potencia en esas rondas que tanto se parecen a las tribus. Son mujeres twerkeando entre ellas: no compiten, aprenden, gozan, muestran sus estilos y se mueven sin pudores, sin miradas acosadoras, sin que ningún varón les diga cómo ni cuándo.  “Yo disfruto bailando, si eso no ocurre, se nota. En Chile, éramos un grupo de mujeres que se atrevía a bailar en la calle como quería. Yo estuve en una Universidad donde la mayoría te miraba con pudor. Y no me importa la moralidad que otros nos están imponiendo”, dice Francisca que acaba de terminar una de sus clases donde, en su mayoría, concurren pibas de entre 13 y 15 años. “Yo siempre les digo, que twerkeen porque ellas quieren, cuando ellas quieran, y no para satisfacer el deseo del otro”.

 

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