Bailar con la mirada

Natalia baila hasta con la mirada. Lleva el tango en la sangre, desde su infancia en Montevideo. Hace años, la expulsaron de una milonga por bailar con una mujer. Dice que hoy ya no ocurriría, aunque todavía hay salones de baile tradicionales que cortan la música si dos personas de un mismo género se encuentran en la danza. Natalia integra un movimiento internacional que es Tango Queer de Montevideo. “Tiene que ver con la inclusión y la diversidad”, dice. Abraza la posibilidad de poder elegir: “elegir dónde, en qué momento y con quién queremos bailar”. Elegir también qué rol ocupar. Tradicionalmente, es el varón el que conduce y la mujer lo sigue. Así se enseña en casi todas las clases donde, muchas, acentúan la asimetría reforzando el binarismo. Varones de un lado, mujeres del otro, aprendiendo solo un único rol. Hay otras, incipientes, que buscan nuevas formas de aprendizaje donde los roles sean indistintos para que cada cual, varones, mujeres, identidades no binaries, elijan según sus deseos. Para romper con los repertorios estereotipados de varones “fuertes” marcando los pasos y mujeres “suaves” respondiendo a sus indicaciones. La diversidad habilita nuevos espacios, nuevos modos de sentir el baile. “Bailar es una expresión de libertad total, de expansión, de corporalidad. No dejamos de ser nosotras mismas cuando estamos bailando”, dice Natalia. Y agrega: “En el tango es muy fuerte el contacto, el vínculo, el abrazo”.

Incluso, mucho más que la técnica.

 

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